
Alex Aldas propone un cambio de paradigma necesario: la juventud ya no es biología, es energía.
El modelo lineal de formarse, producir, y retirarse ya quedó atrás.
Coincido plenamente.
Hace un tiempo rescaté un verso de Elsa Bornemann que lo expresa con claridad:
Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción que me mueve los pies y el corazón.
No es nostalgia.
Es vigencia activa.
Sin embargo, percibo un punto ciego recurrente en este debate.
Esta “juventud extendida” suele ser mirada casi exclusivamente como un nuevo target de consumo.
Una billetera activa que busca bienestar, experiencias y marcas con sentido.
Pero el fenómeno es más profundo.
The New Young no solo decide qué consumir.
También decide qué aportar, cómo involucrarse y desde dónde crear valor.
El verdadero capital de esta generación no está solo en su poder de compra,
también en su capacidad de discernimiento:
haber atravesado ciclos completos,
haber pagado costos,
y haber aprendido a distinguir entre ruido y señal, entre síntomas y causas raíz.
Cuando las organizaciones solo nos ven como clientes,
están ignorando la otra mitad del tablero.
La integración intergeneracional no es solo un gesto de buena voluntad ni un tema de responsabilidad social.
Es, también, una decisión estratégica de negocio.
Es sumar a la ejecución la mirada de quienes ya aprendieron,
a veces con un alto costo,
qué decisiones erosionan sistemas,
qué atajos salen caros,
y qué movimientos crean valor sostenible.
Tal vez a llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente cómo pueden vendernos más,
y empezar a conversar en serio sobre cómo podemos seguir contribuyendo al sistema con sentido, criterio y perspectiva.
Porque cuando las piezas se mueven con inteligencia sistémica,
el tablero deja de ser un juego de suma cero.
Y ahí, genuinamente, ganamos todos.
